
Durante años, el fútbol colombiano ha repetido un discurso que hoy enfrenta su prueba más difícil: que nuestro campeonato es uno de los mejores del continente. Sin embargo, cuando llega el momento de ponerle precio al producto, la realidad parece ser muy distinta.
La Dimayor pretende vender los derechos de televisión del torneo entre 2027 y 2030 por una cifra cercana a los 100 millones de dólares al año. Sobre el papel suena ambicioso. El problema es que, hasta ahora, nadie parece dispuesto a pagar ese dinero.
Y en los negocios existe una regla muy sencilla que cualquier persona puede entender: las cosas no valen lo que uno cree que valen, sino lo que alguien está dispuesto a pagar por ellas.
Ese parece ser el gran problema del fútbol colombiano.
Durante meses se habló de posibles interesados. Se mencionó a Caracol Televisión, RCN, plataformas digitales e incluso al sistema de medios públicos. Pero la realidad es que, hasta ahora, el único interesado sigue siendo Win Sports, el canal que ya tiene los derechos.
Si hubiera una larga fila de empresas peleando por transmitir el campeonato, seguramente el precio subiría. Pero cuando solo hay un comprador, el mercado está enviando un mensaje muy claro: el producto no genera el interés que esperaba la Dimayor.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta puede resultar incómoda para muchos hinchas, pero es difícil ignorarla. El fútbol colombiano ha perdido calidad como espectáculo.
Hoy los partidos suelen ser lentos, con poco ritmo y demasiadas interrupciones. Se juega más tiempo discutiendo con el árbitro que atacando. Hay constantes simulaciones, pérdidas deliberadas de tiempo y muy pocas emociones frente al arco. Para muchos aficionados, ver un partido completo se ha convertido más en un acto de paciencia que de entretenimiento.
Y la televisión compra entretenimiento.
Las cadenas de televisión y las plataformas digitales no pagan millones por tradición o por historia. Pagan por la cantidad de personas que se sientan frente a una pantalla, por la audiencia que genera publicidad y por la posibilidad de recuperar la inversión.
Si el producto no emociona, la audiencia baja. Y cuando baja la audiencia, también baja el valor del negocio.
Otro aspecto que pesa es el rendimiento internacional de los clubes colombianos. Hace años que ningún equipo domina la Copa Libertadores o la Copa Sudamericana como ocurrió en otras épocas. Mientras las ligas de Brasil y Argentina siguen exportando figuras y consiguiendo resultados, Colombia ha perdido protagonismo continental.
Eso también influye en la percepción internacional del campeonato.
Algunos defienden el alto precio argumentando que el fútbol colombiano aparece bien ubicado en ciertos rankings internacionales. Pero los inversionistas no compran rankings. Compran audiencias, suscriptores y rentabilidad.
Y ahí es donde aparecen las dudas.
Quizá la pregunta no sea por qué Win Sports no quiere pagar más dinero. La verdadera pregunta es qué ha hecho el fútbol colombiano para convencer a otros canales de que vale 100 millones de dólares al año.
Porque cuando un producto es realmente atractivo, los compradores aparecen solos.
Lo que está ocurriendo con los derechos de televisión deja una enseñanza que va mucho más allá del deporte: el mercado siempre termina poniendo el precio real de las cosas.
Y hoy, todo indica que el mercado considera que el fútbol colombiano todavía está lejos de valer los 100 millones de dólares que pretende la Dimayor. Esa no es una opinión contra el fútbol colombiano; es la conclusión que deja una negociación en la que, por ahora, hay un vendedor que pide mucho y muy pocos compradores dispuestos a pagar.