
En América Latina hay una pregunta que merece atención: ¿por qué Lula da Silva consiguió mantenerse en el poder en Brasil mientras los proyectos políticos asociados con Gustavo Petro, en Colombia, y Gabriel Boric, en Chile, no lograron asegurar la continuidad de sus gobiernos?
A primera vista, los tres casos parecen similares. Los tres dirigentes llegaron a la presidencia con promesas de cambio, reivindicaciones sociales y críticas a los modelos políticos anteriores. Sin embargo, las diferencias entre sus países, sus organizaciones políticas y sus resultados electorales ayudan a entender por qué sus caminos no fueron iguales.
La respuesta no es que la izquierda haya ganado para siempre en Brasil ni que haya desaparecido en Colombia y Chile. La explicación es más compleja: los ciudadanos pueden apoyar un cambio político, pero ese apoyo no es permanente. Cuando llegan las elecciones siguientes, cada gobierno debe responder por sus propios resultados.
Lula tenía algo que Petro y Boric no podían ofrecer de la misma manera: una trayectoria consolidada.
Luiz Inácio Lula da Silva no llegó a la presidencia como un desconocido. Su historia política se remonta al movimiento sindical, y el Partido de los Trabajadores (PT) lleva décadas participando en la vida pública brasileña.
Lula ya había gobernado Brasil entre 2003 y 2010. Durante ese periodo, su Gobierno impulsó programas sociales, aumentos del salario mínimo y políticas orientadas a reducir la pobreza. Su trayectoria quedó asociada, para una parte importante de la población, con la posibilidad de mejorar las condiciones de vida de los sectores populares.
Esa historia constituye una ventaja política: cuando Lula vuelve a pedir el voto, no necesita explicar desde cero quién es ni qué representa. Tiene una base electoral identificable, una organización partidista con experiencia y una relación construida durante años con distintos sectores de la sociedad.
Pero sería equivocado afirmar que todos los brasileños están satisfechos con su gestión. Lula también enfrenta críticas relacionadas con la seguridad, la economía, las cuentas públicas y la polarización política.
Su principal diferencia es que cuenta con una estructura política que puede sostenerlo incluso cuando una parte de la población está inconforme.
En las elecciones brasileñas del 25 de octubre de 2026, Lula se enfrentó en segunda vuelta a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Reuters informó que Lula lideraba el escrutinio y que una proyección de Datafolha apuntaba a su victoria, aunque la proclamación oficial todavía estaba pendiente en el reporte consultado.
El resultado debe interpretarse con cuidado: una elección reñida no significa que el país esté unido detrás del presidente. Significa que, en una competencia entre dos alternativas, una logró reunir los votos suficientes para imponerse.
Petro llegó con una promesa de transformación más profunda.
En Colombia, Gustavo Petro ganó las elecciones presidenciales de 2022 con una propuesta de cambio en áreas como las pensiones, la salud, el trabajo, la energía y la política de paz.
Su llegada tuvo un significado histórico: fue el primer presidente de izquierda de la Colombia contemporánea. Su victoria reunió a sectores que llevaban años pidiendo reformas sociales, pero también a ciudadanos que querían castigar a los partidos tradicionales.
Sin embargo, una coalición electoral no es necesariamente una organización capaz de mantener unido al mismo electorado durante muchos años.
Una persona puede votar por Petro porque desea una reforma laboral y otra porque espera una mejora en los servicios públicos. Un tercer votante puede haberlo apoyado sencillamente porque no quería que ganara su rival. Esos ciudadanos coinciden en una elección, pero no tienen que estar de acuerdo en todo.
Cuando llega el momento de gobernar, esa diversidad se convierte en un desafío.
Las reformas requieren acuerdos políticos, recursos económicos, capacidad administrativa y, en muchos casos, la aprobación del Congreso. Además, los resultados no siempre llegan con la rapidez que espera la ciudadanía.
A ello se suman asuntos que afectan directamente la vida cotidiana, como la seguridad, el empleo, los ingresos familiares y la situación de las regiones golpeadas por la violencia.
Para una familia que tiene dificultades para pagar el mercado, la discusión sobre una reforma puede parecer lejana si sus gastos siguen aumentando. Para un comerciante, un trabajador o un empresario, las decisiones del Gobierno se evalúan también por sus consecuencias prácticas.
Esto no significa que todas las reformas hayan fracasado ni que todos los problemas del país sean responsabilidad exclusiva del presidente. Significa que los gobiernos deben explicar qué han conseguido, qué sigue pendiente y cuáles son los obstáculos.
En 2026, Petro no podía aspirar a una reelección presidencial inmediata. Por eso, la continuidad de su proyecto dependía de que otro candidato convenciera a los colombianos de mantener ese rumbo.
La derrota del candidato asociado con esa continuidad frente a Abelardo de la Espriella mostró que el apoyo obtenido por Petro en 2022 no se trasladó automáticamente a su sucesor. Sin embargo, tampoco permite concluir que todos los colombianos hayan rechazado las propuestas sociales de la izquierda.
Boric enfrentó un problema parecido, pero con una historia distinta.
Gabriel Boric llegó a la presidencia de Chile en 2022, después de una etapa de movilizaciones sociales que puso sobre la mesa demandas de mayor igualdad, mejores servicios públicos y cambios en el modelo institucional.
Su triunfo representó la llegada al poder de una generación política que había ganado protagonismo en las protestas estudiantiles y en el cuestionamiento del sistema político tradicional.
Pero una cosa es representar las demandas de la calle y otra es convertirlas en decisiones de gobierno que obtengan respaldo mayoritario.
Uno de los momentos más importantes de su mandato ocurrió en septiembre de 2022, cuando los chilenos rechazaron en un plebiscito la propuesta de nueva Constitución. El resultado evidenció que el respaldo a un cambio político no equivalía a una aprobación automática de cualquier propuesta de transformación.
También aumentó la importancia de asuntos como la seguridad, la inmigración, el costo de vida y la estabilidad económica.
Para algunos ciudadanos, las reformas sociales seguían siendo prioritarias. Para otros, resolver los problemas de orden público y recuperar la sensación de seguridad se convirtió en una exigencia central.
Boric, al igual que Petro, no podía presentarse a una reelección presidencial inmediata. La continuidad de su proyecto dependía, por tanto, de otra candidatura.
Chile eligió posteriormente a José Antonio Kast, representante de la derecha. Ese resultado reflejó un cambio en las preferencias electorales y en las prioridades de una parte de la población, pero no significa que todas las demandas sociales que llevaron a Boric al poder hayan desaparecido.
La economía importa, pero no explica todo.
Hay una razón por la que los cambios de gobierno se repiten en América Latina: las personas no votan únicamente por ideas políticas. También lo hacen a partir de su experiencia diaria.
El ciudadano que tiene empleo, pero no logra llegar a fin de mes, puede sentirse decepcionado. La madre que espera una atención médica puede evaluar al Gobierno por el servicio que recibe. El empresario que no encuentra condiciones para invertir puede reclamar mayor estabilidad. Y el habitante de una región afectada por grupos armados puede dar prioridad a la seguridad.
Esas preocupaciones no pertenecen a una sola clase social.
Por eso, reducir las elecciones a una pelea entre ricos y pobres, o entre izquierda y derecha, deja por fuera una parte importante de la realidad.
La ideología influye, pero también cuentan la confianza, la experiencia, las promesas cumplidas y las expectativas que cada ciudadano tiene sobre el futuro.
Además, los presidentes no controlan todos los factores que afectan la economía. El precio de los alimentos, las tasas de interés, el comercio internacional y las condiciones fiscales pueden limitar las decisiones de cualquier Gobierno. La responsabilidad política consiste en explicar esas limitaciones y responder por las decisiones que sí están bajo su control.
La gran diferencia: Lula construyó una organización; Petro y Boric encabezaron nuevos ciclos políticos
Un análisis académico publicado en 2025 sobre las elecciones de Brasil, Chile y Colombia encontró diferencias importantes entre sus proyectos de izquierda.
En Brasil, el Partido de los Trabajadores representa una organización histórica que adaptó su estrategia política con el paso del tiempo. En Colombia y Chile, las victorias de Petro y Boric estuvieron más vinculadas con transformaciones del sistema político y con la aparición de nuevas fuerzas electorales.
Esta diferencia ayuda a entender por qué los tres proyectos no tuvieron la misma trayectoria.
Lula cuenta con una organización que acumula experiencia, dirigentes, redes territoriales y una identidad política reconocible. Petro y Boric llegaron al poder en momentos de cambio, cuando una parte de la sociedad buscaba alternativas a las fuerzas que habían gobernado anteriormente.
Eso no garantiza el éxito de Lula ni condena a las izquierdas colombiana y chilena a perder futuras elecciones. Las organizaciones políticas también se desgastan, cometen errores y pueden perder el respaldo popular.
La diferencia está en la capacidad de construir apoyos duraderos más allá de una sola candidatura.
¿Estamos ante el final de la izquierda en América Latina?
No necesariamente.
En los últimos años, varios países latinoamericanos han elegido gobiernos de derecha después de experimentar administraciones progresistas. Este movimiento muestra que el electorado está dispuesto a cambiar de rumbo, especialmente cuando crece la inconformidad con la seguridad, la economía o la gestión pública.
Pero América Latina no funciona como un solo país. Cada nación tiene instituciones, partidos, problemas económicos y tradiciones políticas diferentes.
La victoria de un candidato conservador en un país no determina lo que sucederá en otro. De la misma manera, una victoria de la izquierda en Brasil no significa que los votantes de toda la región estén girando nuevamente hacia ese sector.
Lo que sí puede observarse es una ciudadanía que exige resultados y que, en muchos casos, está dispuesta a retirar su apoyo cuando considera que las promesas no se cumplen.
La lección para Colombia
El caso brasileño deja una pregunta importante para la política colombiana: ¿es suficiente ganar las elecciones con una promesa de cambio o es necesario construir una organización capaz de sostener ese proyecto durante varias generaciones?
La experiencia de Lula muestra la importancia de la trayectoria, la identidad partidista y las alianzas políticas. Los casos de Petro y Boric, por su parte, muestran las dificultades de convertir un movimiento de cambio en una continuidad electoral.
Pero hay otra lección: los gobiernos no pueden depender únicamente de su historia ni de sus discursos. Necesitan demostrar resultados, reconocer sus dificultades y conservar la confianza de ciudadanos con intereses diferentes.
Al final, el votante no siempre elige entre dos ideologías perfectamente definidas. Muchas veces decide entre lo que conoce, lo que teme perder y lo que espera conseguir.
La conclusión es sencilla: en democracia, ganar una elección abre la puerta al poder, pero no garantiza el apoyo de la siguiente generación de votantes. La continuidad política se construye con organización, resultados, confianza y capacidad para responder a las preocupaciones reales de la población.
Y esa es la verdadera diferencia que vale la pena analizar entre Lula, Petro y Boric: no solamente quién ganó o perdió, sino cómo cada proyecto político construyó su apoyo, cómo enfrentó las dificultades de gobernar y hasta qué punto consiguió convencer a los ciudadanos de que merecía continuar.