¿Hasta dónde llegan los derechos? El caso Andino también merece preguntas incómodas

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Lo ocurrido en el Centro Comercial Andino de Bogotá desató una tormenta nacional. Una pareja de jóvenes del mismo sexo denunció que un vigilante les llamó la atención mientras se besaban en la plazoleta de comidas. Horas después, el video era viral, las redes sociales condenaban al centro comercial, se organizó una “besatón” y la administración terminó ofreciendo disculpas públicas.

Pero cuando baja la espuma de la polémica, vale la pena hacer una pregunta que muchos piensan, pero pocos se atreven a formular: ¿todos los casos de presunta discriminación son realmente discriminación o algunos terminan convirtiéndose en un espectáculo para las redes sociales?

Aclaremos algo desde el principio. En Colombia, una pareja homosexual tiene exactamente los mismos derechos que una pareja heterosexual. Nadie puede ser discriminado por su orientación sexual y ese principio debe respetarse siempre.

Sin embargo, tener derechos también implica ejercerlos con responsabilidad.

Hoy vivimos en la era de TikTok, Instagram y los videos virales. Muchas personas graban absolutamente todo porque saben que una discusión, un reclamo o una confrontación pueden convertirse en millones de reproducciones, miles de seguidores e incluso ingresos económicos. Esa realidad no puede ignorarse.

En este caso, la pareja estaba grabando contenido para redes sociales antes de que ocurriera el incidente. Eso, por sí solo, no demuestra que hubiera intención de provocar una reacción. Pero sí abre una pregunta legítima: ¿estamos llegando a un punto en el que cualquier diferencia puede terminar convirtiéndose en contenido viral antes que en un diálogo?

Otro aspecto que merece análisis es la rapidez con la que hoy se condena públicamente a una persona.

El vigilante fue señalado en cuestión de horas como símbolo de discriminación. El Centro Comercial Andino pidió disculpas y reconoció que la intervención no era necesaria. Pero hasta ahora no existe información oficial sobre qué ocurrió con ese trabajador ni si actuó siguiendo instrucciones, protocolos internos o por decisión propia.

En las redes sociales, muchas veces primero se destruye la reputación de alguien y después vienen las investigaciones. Ese orden debería preocuparnos.

También es válido preguntarse si algunas empresas están reaccionando por convicción o por miedo.

Vivimos en una época donde basta un video viral para poner en riesgo la imagen de una marca. En ocasiones, las compañías prefieren pedir disculpas inmediatamente para frenar la crisis mediática, incluso antes de que exista una investigación completa sobre lo ocurrido.

Eso tampoco significa que la pareja estuviera equivocada. Significa que la presión de las redes sociales se ha convertido en un actor que influye en las decisiones de empresas e instituciones.

Aquí hay otro punto que no puede pasarse por alto.

Los derechos existen para proteger a las personas, no para dividir a la sociedad ni para impedir cualquier debate. Cuando alguien hace una pregunta o plantea una duda sobre un caso como este, no debería ser señalado automáticamente como homofóbico. En una democracia también debe existir espacio para analizar los hechos con objetividad.

Lo preocupante sería llegar al extremo donde cualquier actuación de un vigilante, un profesor, un comerciante o un ciudadano termine interpretándose automáticamente como discriminación, sin revisar primero el contexto.

Defender la igualdad es correcto. Pero también lo es exigir que cada caso se analice con pruebas y no únicamente con emociones o con la presión de las redes sociales.

El verdadero desafío no es decidir quién gana una discusión en internet. El verdadero desafío es construir una sociedad donde todos tengan los mismos derechos, pero también las mismas responsabilidades.

Porque los derechos no pueden convertirse en un escudo para evitar cualquier cuestionamiento, así como la autoridad tampoco puede utilizarse para limitar libertades sin justificación.

El caso Andino deja una enseñanza para todos. No podemos normalizar la discriminación, pero tampoco podemos convertir cada polémica en un tribunal mediático donde las sentencias se dictan por el número de reproducciones de un video.

Una sociedad madura protege los derechos de todos, pero también aprende a hacerse preguntas incómodas antes de emitir un veredicto.