
Desde que Abelardo de la Espriella se convirtió en uno de los principales protagonistas de la política colombiana, una buena parte de la prensa internacional ha comenzado a etiquetarlo como un político de “extrema derecha” o incluso de “ultraderecha”. Medios internacionales han utilizado estos términos para describir su discurso, sus propuestas y su estilo político.
Pero la pregunta que muchos colombianos se hacen es sencilla: ¿realmente estamos frente a un líder de extrema derecha o existe una exageración mediática?
¿Por qué lo llaman de extrema derecha?
La explicación es relativamente simple. Abelardo defiende posiciones muy conservadoras en temas como la familia, el aborto, la seguridad y el papel del Estado.
Además, propone medidas de mano dura contra la delincuencia, fortalecer a las Fuerzas Armadas, endurecer las penas contra criminales y reformar instituciones creadas durante el proceso de paz.
Para muchos medios europeos y norteamericanos, estas posiciones son suficientes para ubicarlo dentro de la llamada “derecha radical” o “extrema derecha”.
Sin embargo, sus seguidores consideran que esas propuestas no son extremas, sino respuestas a problemas reales que enfrenta Colombia, especialmente la inseguridad y la crisis institucional.
El fenómeno no es exclusivo de Colombia
Lo mismo ha ocurrido con figuras como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Donald Trump en Estados Unidos o Giorgia Meloni en Italia.
Todos ellos han sido catalogados por numerosos medios como representantes de la nueva derecha populista.
En la práctica, estos líderes comparten algunas características:
- Discurso contra las élites tradicionales.
- Uso intensivo de redes sociales.
- Críticas a los medios de comunicación.
- Énfasis en seguridad y orden.
- Defensa de valores conservadores.
- Mensajes directos y confrontativos.
¿Qué es realmente el populismo de derecha?
Los politólogos utilizan el término “populismo de derecha” para describir movimientos que afirman representar al ciudadano común frente a una élite política que consideran desconectada de la realidad.
No necesariamente implica autoritarismo o dictadura.
De hecho, muchos de estos movimientos participan plenamente dentro de sistemas democráticos y llegan al poder mediante elecciones.
La diferencia está en que suelen cuestionar instituciones tradicionales, desafiar consensos políticos establecidos y utilizar un lenguaje más emocional que técnico.
¿La etiqueta es justa?
Aquí es donde aparece el debate.
Los críticos de Abelardo consideran que algunas de sus propuestas podrían afectar derechos adquiridos o generar una concentración excesiva de poder en nombre de la seguridad.
Sus simpatizantes responden que llamar “extrema derecha” a cualquier propuesta conservadora termina vaciando de significado el concepto y convierte el debate político en una batalla de etiquetas.
La realidad probablemente se encuentra en un punto intermedio.
Abelardo de la Espriella representa una derecha mucho más dura y confrontativa que la que tradicionalmente ha existido en Colombia. Sin embargo, hasta ahora sus propuestas se presentan dentro del marco democrático y electoral.
Por eso varios analistas prefieren definirlo como un líder de derecha populista, nacional-conservadora o de derecha radical democrática, antes que compararlo con movimientos antidemocráticos del siglo XX.
El verdadero trasfondo
Más allá de las etiquetas, el crecimiento político de Abelardo refleja algo que ocurre en muchos países: una parte importante de la población siente que los partidos tradicionales no han resuelto problemas como la inseguridad, la corrupción y el deterioro económico.
Cuando eso ocurre, surgen líderes que prometen cambios profundos y respuestas contundentes.
Por eso el fenómeno Abelardo no debe analizarse únicamente desde la ideología, sino también desde el contexto social y político que vive Colombia.
Conclusión
Decir que Abelardo de la Espriella es simplemente un político de “extrema derecha” puede resultar una simplificación excesiva. También sería simplista ignorar que representa una derecha más fuerte y más confrontativa que la que históricamente ha dominado la política colombiana.
La discusión de fondo no debería centrarse únicamente en las etiquetas, sino en evaluar si sus propuestas son viables, democráticas y capaces de responder a los problemas reales del país.
Al final, serán los colombianos quienes decidirán en las urnas si ese modelo de liderazgo representa una solución o un riesgo para el futuro de Colombia.