
Durante el 25.º Congreso Panamericano de Riesgos LAFT/FPADM, uno de los temas que más llamó la atención fue la conferencia “Cómo se conecta el cibercrimen con la financiación del terrorismo”, presentada por Orlando Garcés, oficial de Política de Ciberseguridad del Comité Interamericano contra el Terrorismo (CICTE) de la Organización de los Estados Americanos (OEA).
En su intervención, Garcés explicó cómo la transformación digital ha cambiado la forma en que operan las organizaciones criminales y los grupos terroristas, aprovechando las nuevas tecnologías para mover dinero de manera más rápida y difícil de rastrear.
¿Qué cambió con la digitalización?
Hace algunos años, mover grandes cantidades de dinero de manera ilegal era mucho más complicado. Generalmente, se utilizaba efectivo, empresas fachada o intermediarios para ocultar el origen de los recursos.
Hoy el panorama es diferente. Con una aplicación móvil o una plataforma digital es posible enviar dinero a otro país en cuestión de segundos. Aunque estas herramientas fueron creadas para facilitar la vida de las personas y las empresas, también pueden ser utilizadas por delincuentes para intentar ocultar sus movimientos financieros.
El reto de las criptomonedas
Uno de los mayores desafíos son las criptomonedas y otros activos digitales.
Según explicó Orlando Garcés durante su conferencia, aunque la tecnología blockchain registra todas las transacciones, algunas herramientas permiten ocultar parcialmente la identidad de quienes realizan los movimientos. Esto ha sido aprovechado por algunas organizaciones criminales para tratar de evadir los controles tradicionales del sistema financiero.
Esto no significa que las criptomonedas sean ilegales. La mayoría de sus usuarios las utilizan de forma completamente legal. El problema aparece cuando son utilizadas para esconder el origen o el destino de recursos obtenidos de manera ilícita.
También cambió la forma de recaudar dinero.
Internet y las redes sociales también han abierto nuevas posibilidades para conseguir recursos.
Garcés explicó que algunas organizaciones crean campañas que aparentan ser ayudas humanitarias, donaciones o causas sociales para convencer a personas de aportar dinero sin conocer quién está realmente detrás de esas iniciativas.
Gracias a estas plataformas pueden recibir pequeñas donaciones desde distintos países sin necesidad de tener contacto directo con quienes envían el dinero.
Pequeñas transferencias que pasan desapercibidas
Otro cambio importante es que ya no siempre se necesitan grandes movimientos de dinero.
Ahora es posible realizar muchas transferencias pequeñas desde diferentes lugares del mundo. Individualmente, parecen operaciones normales, pero juntas pueden servir para financiar actividades ilegales sin despertar sospechas inmediatas.
Esto hace que el trabajo de las autoridades sea mucho más complejo, ya que deben analizar millones de operaciones para identificar patrones irregulares.
El reto para gobiernos y entidades financieras
Ante esta realidad, los gobiernos, bancos y organismos internacionales han fortalecido las normas para combatir el lavado de activos y la financiación del terrorismo.
Cada vez más entidades exigen verificar la identidad de sus clientes mediante procesos conocidos como “Conozca a su Cliente” (KYC), además de monitorear permanentemente las transacciones para detectar operaciones sospechosas.
La tecnología no es el enemigo
El mensaje principal de la conferencia fue que la tecnología no es el problema. Al contrario, ha permitido que millones de personas tengan acceso a servicios financieros más rápidos, seguros y eficientes.
El verdadero desafío consiste en evitar que las organizaciones criminales aprovechen esas mismas herramientas para financiar actividades ilegales. Por eso, el reto de las autoridades no es frenar la innovación, sino fortalecer los controles para que el avance tecnológico beneficie a la sociedad sin convertirse en una oportunidad para el crimen organizado.