
La 60.ª Convención Bancaria de Asobancaria terminó este viernes con una discusión que va mucho más allá de los bancos, las tasas de interés o las aplicaciones financieras. El verdadero debate es cómo lograr que el sistema financiero se convierta en una herramienta para que millones de colombianos puedan crecer económicamente.
Durante tres días, más de 3.000 personas se reunieron en Cartagena para hablar sobre el futuro de la economía, la inclusión financiera, el campo, la seguridad, la justicia, la tecnología y los desafíos que enfrenta Colombia.
Y entre todos esos temas apareció una realidad difícil de ignorar: tener un sistema financiero moderno no significa necesariamente que todos los colombianos tengan las mismas oportunidades para acceder a él.
El campo sigue siendo la gran deuda
Uno de los datos más llamativos de la jornada fue presentado por el ministro de Agricultura, Indalecio Dangond Baquero.
De los cerca de tres millones de productores agropecuarios que existen en Colombia, solamente el 9,2 % tiene acceso al crédito bancario.
Dicho de una manera sencilla: de cada 100 productores del campo, apenas unos nueve logran acceder a un crédito bancario.
Esto ayuda a entender por qué muchos campesinos terminan dependiendo de recursos propios, familiares, compradores de sus cosechas o incluso de préstamos informales para poder sembrar.
Y aquí aparece uno de los grandes problemas de Colombia: el país necesita aumentar la producción del campo, pero buena parte de quienes producen alimentos todavía tiene dificultades para conseguir financiación.
El Gobierno planteó cambios al Sistema Nacional de Crédito Agropecuario, incluyendo menores costos de redescuento, revisión de incentivos, digitalización y una mayor participación de los gremios.
Pero hay algo que no se puede perder de vista: no basta con digitalizar el crédito si el campesino no tiene buena conexión a internet, no cuenta con información financiera suficiente o vive a varias horas de distancia de una entidad bancaria.
La inclusión financiera no consiste solamente en abrir una cuenta.
Consiste en que una persona pueda utilizar el sistema financiero para mejorar realmente su vida.
El crédito también tiene que entender al campesino
Durante el panel sobre territorios e inclusión quedó claro que el campo colombiano no puede ser visto únicamente desde una oficina en Bogotá.
El productor agropecuario enfrenta riesgos que muchas empresas urbanas no tienen: el clima, las inundaciones, las sequías, las enfermedades de los cultivos y los cambios en los precios.
Por eso, el crédito rural necesita condiciones diferentes.
El gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, Germán Bahamón, lanzó una frase que resume el potencial del sector: “el café tiene más futuro que pasado”.
Pero para que ese futuro llegue, el campo necesita productividad, tecnología, infraestructura y financiación.
En otras palabras, prestarle dinero al campesino no es suficiente. Hay que ayudar a que ese dinero se convierta en producción y en ingresos.
La tecnología puede cambiar la relación con los bancos
Otro de los grandes temas de la Convención fue la banca del futuro.
Los bancos están avanzando hacia un modelo en el que muchas operaciones ya no necesitan hacerse en una oficina.
Pagos digitales, aplicaciones, inteligencia artificial y nuevas herramientas tecnológicas están cambiando la manera en que los colombianos manejan su dinero.
Esto puede ser una enorme oportunidad para las regiones.
Pero también existe un riesgo: que la transformación digital termine dejando atrás precisamente a las personas que tienen menos acceso a tecnología.
Por eso, el reto será combinar tecnología con educación financiera y presencia territorial.
Las redes de corresponsales y otros canales también cumplen un papel importante. Edgar Páez, presidente de SuperGiros, destacó precisamente la capacidad de estas redes para llevar subsidios y recursos públicos a diferentes territorios del país.
El terremoto puso a prueba a la banca
La discusión adquiere una dimensión todavía más importante después del terremoto del 10 de agosto.
Las entidades financieras anunciaron medidas para ayudar a los damnificados, entre ellas periodos de gracia, alivios en intereses, condiciones especiales para créditos destinados a la reconstrucción y medidas para evitar que las personas afectadas terminen con un deterioro de su historial crediticio.
Aquí la banca enfrenta una prueba diferente.
Una persona que perdió su casa o su negocio no puede ser tratada como un cliente normal.
Primero necesita recuperarse, volver a producir y reconstruir su patrimonio. Después podrá volver a pagar normalmente sus obligaciones.
Por eso, los alivios financieros pueden convertirse en una herramienta importante para la reconstrucción.
Pero también habrá que vigilar que estos anuncios realmente lleguen a las personas afectadas y no se queden solamente en comunicados.
Colombia necesita algo más que diagnósticos
El vicepresidente José Manuel Restrepo insistió durante la jornada en la necesidad de recuperar la confianza, generar certidumbre y fortalecer el trabajo conjunto entre el Gobierno y el sector privado.
También planteó una visión de Colombia hacia 2050, con mayor participación en la cuarta revolución industrial, desarrollo de sectores como la energía y los centros de datos y capacidad para ejecutar grandes proyectos.
El mensaje tiene una lectura sencilla:
Colombia sabe cuáles son muchos de sus problemas. Lo que necesita ahora es ejecutar las soluciones.
Durante años se ha hablado de cerrar las brechas entre las ciudades y las regiones, mejorar la productividad del campo, aumentar la inclusión financiera y facilitar el acceso al crédito.
La pregunta es cuánto de eso se puede convertir en resultados concretos.
¿Qué queda después de la Convención Bancaria?
La gran conclusión de esta edición número 60 de la Convención Bancaria es que el futuro de la banca colombiana no se va a medir solamente por sus ganancias, sus aplicaciones o la cantidad de transacciones digitales.
También se tendrá que medir por cuántas personas que hoy están por fuera del sistema financiero logran utilizarlo para progresar.
Un crédito puede parecer simplemente una cifra en el balance de un banco.
Pero para un campesino puede significar una cosecha.
Para un pequeño comerciante puede significar abrir nuevamente su negocio.
Para una familia damnificada puede significar reconstruir su vivienda.
Y para una empresa puede significar contratar nuevos trabajadores.
Ahí está el verdadero reto.
La banca tiene dinero, tecnología y capacidad. Colombia necesita que esas herramientas lleguen a los territorios y se conviertan en oportunidades reales.
Porque la inclusión financiera no debería significar simplemente que todos los colombianos tengan una cuenta bancaria.
Debería significar que tengan una verdadera posibilidad de crecer.