
Por: Esteban Jaramillo
Es Colombia que encanta y seduce… es la danza del toque.
Esteban Jaramillo Osorio
Sin desconectarse de la realidad, paso a paso, con futbol evolutivo y dominador, Colombia consolida sus objetivos en el mundial.
Ya está en octavos, como en 2018. Mirando cuartos, como en 2014. Soñando con Argentina por aquel tufillo revanchista de la Copa América en 2024.
“Los ganadores nunca se rinden… los que se rinden nunca ganan”.
Indeclinable e insaciable en sus planes de triunfos, la selección juega al límite del esfuerzo, invicta, eludiendo las crisis.
Ante Ghana, tuvo y le sobraron recursos para gestionar el partido. Nunca un susto, un temblor o un menosprecio.
Con técnica en el juego combinado, hizo suyo el balón, el que monopolizó en muchos pasajes hasta hipnotizar con largas secuencias en los pases para unir el equipo y controlar al rival que, impotente, no disparó al arco.
El gol fue una obra colectiva. Pase medido de Luis Suarez y definición impecable de Jhon Arias, el mejor del partido. Una acción construida con paciencia y esfuerzos, como aquella joya del “Cucho” Hernández y Jamidton Campaz, frente a Uzbekistán.
Suárez, un nueve de área y sus contornos, que nunca se amilanó, que chocó cuerpo a cuerpo con sus rivales, dispuesto a tragarse a quien se le pusiera al frente. Que peleó el balón como fajador, con pasión y rabia.
Momentos sublimes. Como los largos recorridos marcando los ritmos, e imponiendo condiciones en todo el equipo.
Con velocidad en ataque, ejecución con claridad de las jugadas, capacidad y habilidad, inspirados por un renovado Lucho Díaz, distante aún de su forma ideal, aunque sin remates para hacer amplio el resultado.
Desde el control del balón nació el orden y apareció la tranquilidad. Colombia nunca redujo la intensidad ni renunció a su propuesta.
Tuvo las variantes adecuadas, desde la salida por infortunio de Jhon Córdoba, castigado por su rebelde lesión; el desfallecimiento de James, diezmado por el ritmo del partido; el cansancio de Lucho tras inferir en las repetidas maniobras ofensivas.
Relevados por Suárez, por Ríos con empuje y equilibrio, por Juanfer Quintero, con sus fabulosas pinceladas en sus contactos con el balón, y Jamidton Campaz, acostumbrado a arrimar el peligro con sus incursiones ofensivas.
Con rítmicos laterales, bloques cortos y compactos atacando y defendiendo.
Qué mundial el de Gustavo Puerta, Daniel Muñoz y Davinson Sánchez. Cuando al overol se le da clase. Cuando tiene elegancia.
Con futbolistas capaces de competir con intensidad y precisión, sin esconderse. Para ellos, el balón, el campo, el encanto y el triunfo, con seguridad sin concesiones.
Bello el camino de Colombia en el mundial. Placentera aventura que agiganta la ilusión colectiva que convierte al aficionado en hincha, al hincha en fanático, para terminar en el manicomio de la fiesta desenfrenada en la celebración.
Ha regresado el estilo como danza del toque.
No es un milagro. Es el paso a paso, sin el oído abierto para los brujos y los vaticinios derrotistas de los mensajeros de los desastres. Los ves frente a los micrófonos. Esteban J.