
Paraguay acaba de firmar una de las mayores sorpresas del Mundial 2026. La Albirroja eliminó a Alemania en la tanda de penales (4-3), tras empatar 1-1 en el tiempo reglamentario y la prórroga, y avanzó a los octavos de final mientras profundizó la crisis de una de las selecciones más grandes de la historia.
El partido fue intenso de principio a fin. Paraguay golpeó primero con un gol de Julio Enciso al minuto 42, demostrando orden táctico y una enorme disciplina defensiva. Alemania reaccionó en el segundo tiempo gracias a Kai Havertz, que igualó el marcador al 54, pero a partir de ese momento la Mannschaft volvió a mostrar el mismo problema que la persigue desde hace varios años: mucho dominio del balón, pocas ideas en el último tercio y muy poca contundencia frente al arco rival.
En el tiempo extra parecía que Alemania encontraba el gol de la clasificación con una anotación de Jonathan Tah, pero el VAR intervino y anuló correctamente la jugada. La historia terminó definiéndose desde el punto penal, donde apareció la gran figura de la noche: el arquero Orlando Gill, quien atajó dos cobros y se convirtió en el héroe de Paraguay.
Pero más allá de la clasificación paraguaya, el verdadero análisis está del lado alemán. Lo ocurrido en Boston no es un accidente. Es la confirmación de una crisis que ya lleva tres Copas del Mundo consecutivas.
En Rusia 2018, Alemania llegó como campeona defensora y fue eliminada en la fase de grupos. En Qatar 2022 volvió a despedirse en la primera ronda. Y ahora, en el Mundial de 2026, ni siquiera pudo superar los dieciseisavos de final. Tres Mundiales seguidos sin alcanzar los cuartos de final, algo impensable para una selección que durante décadas fue sinónimo de regularidad y de protagonismo.
Lo más preocupante es que el problema ha sobrevivido a varios procesos. Ni Joachim Löw en sus últimos años, ni Hansi Flick, ni ahora Julian Nagelsmann han logrado devolverle a Alemania la identidad competitiva que la convirtió en cuatro veces campeona del mundo. La generación que conquistó el título en 2014 ya quedó atrás y el relevo generacional sigue sin consolidarse.
Alemania sigue produciendo buenos futbolistas, pero ya no transmite esa sensación de fortaleza mental que la caracterizaba. Hoy domina partidos, pero no los liquida. Tiene talento, pero le falta liderazgo. Controla la posesión, pero pierde eficacia cuando llegan los momentos decisivos.
Mientras tanto, Paraguay celebra una clasificación histórica. Con orden, sacrificio y personalidad, demostró que en un Mundial el nombre pesa muy poco cuando rueda la pelota. Eliminó a un gigante del fútbol mundial y envió un mensaje claro: las selecciones sudamericanas siguen siendo capaces de competir de tú a tú contra cualquiera.
Este resultado también deja una reflexión para el fútbol europeo. En este Mundial varios de sus gigantes han mostrado más dificultades de las esperadas, mientras selecciones de otras confederaciones han reducido cada vez más la distancia. El prestigio ya no gana partidos.
La gran pregunta ahora no es si Alemania está en crisis, porque los resultados ya respondieron esa duda. La verdadera incógnita es cuánto tiempo necesitará para reconstruirse y volver a ser la potencia que durante décadas fue una de las grandes protagonistas de los Mundiales.