
Durante los últimos años, Colombia ha vivido una polarización política pocas veces vista. Familias divididas, amistades rotas, discusiones interminables en redes sociales y personas que dejaron de hablarse simplemente por apoyar a un candidato distinto. Para muchos ciudadanos, pertenecer al petrismo o al uribismo dejó de ser una preferencia política y pasó a convertirse en una identidad casi irreconciliable.
Sin embargo, los acontecimientos recientes en la elección de la Presidencia del Senado dejan una pregunta que vale la pena analizar: ¿por qué mientras miles de colombianos se enfrentan entre sí por defender a sus líderes políticos, esos mismos sectores son capaces de coincidir cuando los intereses del poder así lo exigen?
La elección de Honorio Henríquez, senador del Centro Democrático, evidenció que en el Congreso las diferencias ideológicas pueden quedar en un segundo plano cuando aparece un objetivo común. En medio de la disputa por la Presidencia del Senado, distintos sectores políticos encontraron un punto de coincidencia para impedir que prosperara la candidatura respaldada por el presidente electo Abelardo de la Espriella.
Más allá de las diferencias entre la derecha y la izquierda, el episodio recordó una realidad que muchas veces pasa desapercibida: en la política, las alianzas no siempre se construyen sobre afinidades ideológicas, sino sobre intereses coyunturales.
La política no funciona como las redes sociales.
Mientras en las redes sociales abundan los insultos, los bloqueos y las descalificaciones entre simpatizantes de distintos partidos, dentro del Congreso el panorama suele ser muy diferente.
Los congresistas negocian, dialogan, intercambian apoyos y construyen mayorías con quienes horas antes criticaban públicamente. No porque hayan cambiado de ideología, sino porque el funcionamiento del sistema político obliga a construir acuerdos para alcanzar determinados objetivos.
Eso explica por qué partidos que durante años se acusaron mutuamente pueden terminar votando en la misma dirección en una decisión específica.
El ciudadano pelea; el político negocia.
Quizá la mayor contradicción sea que muchos ciudadanos llevan la política al terreno personal.
Hay hermanos que dejaron de hablarse por las elecciones. Padres e hijos que evitaron reunirse en fechas especiales para no discutir sobre política. Amistades de décadas que terminaron por diferencias partidistas.
Mientras tanto, quienes lideran esos movimientos políticos suelen mantener canales de comunicación abiertos, participan en las mismas comisiones, conversan fuera de cámaras y, cuando les conviene, apoyan iniciativas de quienes consideran adversarios.
No significa que se vuelvan amigos ni que abandonen sus diferencias. Significa simplemente que entienden que la política también consiste en negociar.
La política es más pragmática de lo que muchos creen.
Existe una frase muy conocida que resume esa realidad:
“En política no hay amigos ni enemigos permanentes; hay intereses permanentes.”
La historia política de Colombia y del mundo está llena de ejemplos en los que partidos enfrentados terminan construyendo alianzas temporales para alcanzar un objetivo específico.
Lo que ayer parecía imposible, hoy puede convertirse en una mayoría parlamentaria si las circunstancias cambian.
Una lección para los ciudadanos
Quizá la principal reflexión que deja este episodio no tenga que ver únicamente con el Congreso, sino con la sociedad.
Vale la pena preguntarse si realmente tiene sentido romper relaciones familiares o perder amistades por defender a líderes políticos que, llegado el momento, pueden terminar sentados en la misma mesa negociando acuerdos.
La democracia necesita debate, ideas diferentes y posiciones críticas. Lo que no necesita es que las diferencias políticas destruyan los vínculos personales.
Los partidos cambiarán de estrategia, harán alianzas inesperadas y tomarán decisiones según las circunstancias del momento. Eso hace parte de la dinámica del poder.
Las familias, en cambio, son mucho más difíciles de reconstruir cuando una discusión política termina convirtiéndose en una ruptura permanente.
Al final, los ciudadanos deberían recordar que los dirigentes políticos pasan, las alianzas cambian y los intereses se transforman. Pero los lazos familiares y las verdaderas amistades suelen tener un valor mucho mayor que cualquier bandera partidista.