
El reciente encuentro de medios alternativos, comunitarios y digitales realizado en el Country International Hotel dejó una sensación difícil de ignorar: la desconexión entre el discurso y la práctica.
Sobre el papel, estos espacios buscan fortalecer el ecosistema de medios independientes, darles visibilidad y generar comunidad. En la realidad, lo que varios asistentes percibieron fue algo distinto: desorganización, barreras de acceso y, sobre todo, una relación distante entre quienes convocan y quienes realmente construyen el contenido desde lo alternativo.
Uno de los puntos más sensibles fue el trato diferenciado. Mientras los organizadores contaban con espacios y dinámicas aparte —incluyendo momentos exclusivos como comidas privadas—, muchos de los asistentes quedaron al margen, sin integración real ni espacios de diálogo horizontal. En un entorno que se supone comunitario, este tipo de divisiones no pasan desapercibidas: pesan, incomodan y dejan preguntas.
¿Qué debería sentir un medio alternativo frente a esto?
Más que molestia puntual, lo que surge es frustración. Porque no se trata solo de logística, sino de reconocimiento. Los medios alternativos no buscan únicamente ser convocados; buscan ser escuchados, incluidos y respetados como actores clave del ecosistema informativo.
También aparece una sensación de desgaste: la de asistir a eventos donde se promete fortalecimiento, pero no se construyen relaciones reales. Donde se habla de comunidad, pero no se practica. Y ahí es donde el problema deja de ser un evento puntual y se convierte en un patrón que necesita revisarse.
Este tipo de encuentros no pueden limitarse a la convocatoria. Requieren coherencia. Si se habla de inclusión, debe verse en la forma en que se organizan los espacios. Si se habla de comunidad, debe sentirse en la interacción. Y si se habla de fortalecimiento, debe traducirse en acciones concretas que respalden a los medios, más allá del discurso.
La relación entre organizadores y medios alternativos necesita evolucionar. No basta con abrir espacios simbólicos; es necesario construir confianza. Eso implica trato equitativo, participación real y, sobre todo, una disposición genuina a escuchar.
Porque al final, la pregunta no es solo cómo se organizan estos eventos, sino qué tipo de ecosistema se está construyendo. Y hoy, para muchos, la respuesta todavía está lejos de lo que se promete.