¿Las energías renovables son la solución… o puro vendehumo?

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Si uno mira rápido el discurso público, parecería que en Colombia hay un “gran cerebro” detrás del negocio de las energías renovables… pero cuando uno raspa la superficie, la historia es otra: esto no lo controla una sola persona, lo mueve un bloque de poder empresarial bastante claro. Ahí están jugadores como Ecopetrol, Enel Colombia, Celsia, EPM, AES Colombia e Isagen, que en conjunto concentran la mayor parte de los proyectos grandes. No es conspiración, es estructura de mercado: quien tiene músculo financiero, acceso a subastas y capacidad técnica, se queda con el negocio.

Ahora, lo interesante —y aquí es donde empieza la conversación de verdad— es que el discurso de “energía limpia” va por un lado, pero la realidad técnica va por otro. La solar y la eólica son intermitentes, punto. No siempre hay sol, no siempre hay viento. Y eso en un sistema eléctrico no es un detalle menor: significa que alguien tiene que estar listo para prender la luz cuando esas fuentes no respondan. En Colombia, ese “salvavidas” siguen siendo las hidroeléctricas y el gas. Es decir, las renovables no reemplazan, complementan.

Entonces uno se pregunta: ¿por qué tanto impulso, tanto marketing? Porque hay tres fuerzas empujando al mismo tiempo. Primero, la presión global por descarbonizar (acuerdos climáticos, inversión internacional, reputación país). Segundo, que los costos de la solar y la eólica han caído muchísimo; hoy pueden competir en precio. Y tercero —y este casi no se dice—: es un negocio atractivo a largo plazo, con incentivos tributarios y contratos asegurados vía subastas.

Pero claro, no todo es tan “verde” como lo pintan. En La Guajira, por ejemplo, los proyectos eólicos han generado tensiones reales con comunidades: ruido, uso del territorio, impactos culturales. Y con la solar pasa algo similar: necesitas grandes extensiones de tierra. No es que sea malo per se, pero sí tiene costos sociales y ambientales que muchas veces se suavizan en la narrativa oficial.

Y aquí aparece otro tema que casi siempre se menciona en voz baja: la energía nuclear. Técnicamente, es todo lo que las renovables no son: estable, constante y sin emisiones directas de carbono. Pero Colombia no está ahí todavía. No porque no quiera, sino porque entrar a nuclear implica reglas nuevas, inversiones gigantes y, sobre todo, confianza institucional. Hoy el país apenas está empezando conversaciones con organismos como el Organismo Internacional de Energía Atómica y pensando en reactores modulares pequeños hacia 2035. Es decir, eso es futuro, no presente.

Al final, lo que está pasando en Colombia no es una transición “pura”, sino una mezcla: renovables creciendo rápido porque son viables y vendibles, hidroeléctricas sosteniendo el sistema y fósiles funcionando como respaldo silencioso. Y en el fondo, más que una revolución energética, lo que hay es una reconfiguración del negocio donde los mismos grandes jugadores de siempre —con algunas caras nuevas— están asegurando su lugar en el siguiente capítulo.

La conversación incómoda, pero necesaria, es esta: ¿estamos construyendo un sistema realmente más estable y justo, o simplemente estamos cambiando de tecnología sin cambiar quién tiene el control? Ahí es donde vale la pena poner la lupa.