Abelardo de la Espriella tiene una oportunidad histórica: unir a Colombia.

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La victoria electoral de Abelardo de la Espriella marca el comienzo de una nueva etapa para Colombia. Después de varios años de una política marcada por la confrontación, el nuevo presidente electo enfrenta un reto mucho más grande que ganar unas elecciones: demostrar que puede gobernar para todos los colombianos.

Las campañas políticas suelen dividir al país. Durante meses, los candidatos defienden sus ideas, critican a sus adversarios y buscan convencer a los ciudadanos de que su proyecto es el mejor. Sin embargo, una vez terminan las elecciones, el escenario cambia por completo. El presidente deja de representar únicamente a quienes votaron por él y pasa a representar a toda la nación.

Por eso, uno de los primeros mensajes que muchos ciudadanos esperan del nuevo mandatario es un llamado a la reconciliación. Colombia necesita recuperar la confianza entre quienes piensan diferente. La política no puede seguir convirtiéndose en una pelea permanente donde unos buscan destruir a los otros.

En ese contexto, un gesto de grandeza sería que Abelardo de la Espriella sostuviera un encuentro respetuoso con el presidente saliente, Gustavo Petro, durante el proceso de empalme. No se trata de compartir las mismas ideas ni de olvidar las diferencias políticas. Se trata de respetar las instituciones y enviar un mensaje de estabilidad al país.

La historia demuestra que los grandes líderes son aquellos que saben dejar atrás las diferencias cuando llega el momento de gobernar. Uno de los ejemplos más recordados es el de Nelson Mandela, quien después de décadas de conflicto en Sudáfrica entendió que el camino no era la venganza, sino la reconciliación. Gracias a esa visión, logró reducir las tensiones y sentar las bases para una nueva etapa en su país.

Colombia también necesita ese tipo de liderazgo. Los ciudadanos esperan soluciones a problemas como la inseguridad, el desempleo, el costo de vida, la salud y la educación. Esos desafíos afectan tanto a quienes votaron por el nuevo gobierno como a quienes apoyaron a la oposición.

Si la nueva administración dedica sus primeros años a seguir alimentando la polarización, el país corre el riesgo de repetir el mismo ciclo político que ha marcado los últimos gobiernos: un país dividido, donde cada cambio de presidente significa empezar de cero.

Pero si, por el contrario, el nuevo mandatario demuestra capacidad para escuchar, respetar a quienes piensan distinto y construir acuerdos sin renunciar a sus principios, podría abrir una etapa diferente para Colombia.

Gobernar con firmeza no significa gobernar con odio. Defender unas ideas no obliga a convertir al adversario en un enemigo. Un presidente fuerte también puede ser un presidente prudente.

La verdadera prueba para Abelardo de la Espriella no será la campaña que ya ganó. Será demostrar, desde el primer día de su gobierno, que puede cumplir la promesa de ser el presidente de todos los colombianos.

Ese será, probablemente, el legado más importante que pueda dejarle al país.