¿Quién es el dueño del dominio .com?

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En la narrativa moderna de internet, la palabra “descentralización” suena casi como un dogma. Pero cuando se rasca la superficie, aparecen estructuras profundamente centralizadas. Una de las más importantes —y menos visibles— es Verisign, la empresa que administra los dominios .com y .net, es decir, la puerta de entrada más transitada de la web global.

No es dueña de internet, pero sí controla una de sus arterias principales.


Un monopolio que no nació del mercado

A diferencia de las grandes tecnológicas que crecieron compitiendo, el poder de Verisign viene de otra parte: contratos heredados de los años 90 bajo supervisión del gobierno de Estados Unidos. Organismos como ICANN y la NTIA regulan —al menos en teoría— su operación.

En la práctica, Verisign funciona como una especie de “notaría global” de internet: no vende dominios, pero mantiene la base de datos central que define quién es dueño de cada .com.

Y eso no es menor:

  • Cerca del 46% de los dominios del mundo son .com
  • Más de 170 millones de sitios dependen directamente de su infraestructura

En cualquier otro sector, esto sería considerado un monopolio claro. En internet, se le llama “infraestructura crítica”.


El negocio perfecto: costos bajos, precios al alza

Aquí es donde el discurso técnico se convierte en debate político.

En 2018, durante la administración de Donald Trump, se modificó el acuerdo que regula los precios del .com. El cambio permitió a Verisign aumentar tarifas hasta un 7% anual en varios años del ciclo contractual.

¿El resultado?

  • El precio mayorista pasó de ~7.85 USD a más de 10 USD
  • Los márgenes de ganancia rondan el 60% o más
  • Los ingresos superan los 1.6 mil millones de dólares anuales

Para inversionistas como Warren Buffett (a través de Berkshire Hathaway), es un negocio casi perfecto: ingresos predecibles, demanda constante y poca competencia real.

Para emprendedores, pequeños negocios y creadores —especialmente en países como Colombia— es un costo inevitable que no deja de subir.


¿Quién regula realmente a quién?

El punto más delicado no es el monopolio en sí, sino cómo se sostiene.

ICANN, el organismo encargado de coordinar el sistema de dominios, recibe ingresos directamente de Verisign. Esto crea una tensión evidente: el regulador depende financieramente del regulado.

Además:

  • El contrato del .com se renueva casi automáticamente
  • No existe una licitación abierta real
  • Cambiar de operador es técnicamente complejo (aunque no imposible)

Figuras como Elizabeth Warren han cuestionado este modelo, señalando posibles fallas antimonopolio. Sin embargo, el sistema se ha mantenido prácticamente intacto.


Estabilidad vs. concentración de poder

Los defensores de Verisign tienen un argumento fuerte: funciona.

  • Más de 27 años sin fallos críticos en .com/.net
  • Inversión constante en seguridad (DNSSEC, mitigación de ataques)
  • Operación de nodos clave del sistema DNS global

En un entorno donde una caída podría afectar millones de sitios, la estabilidad no es un detalle: es la prioridad.

Pero esa misma eficiencia plantea una pregunta incómoda:
¿la estabilidad justifica la falta de competencia?


Un tema que va más allá de la tecnología

Este no es solo un debate técnico. Es económico y geopolítico.

  • Dependencia global: empresas y marcas dependen del .com para existir digitalmente
  • Soberanía digital: una empresa estadounidense controla una capa crítica de internet mundial
  • Barreras de salida: cambiar de dominio implica perder posicionamiento, confianza y visibilidad

En otras palabras, no es fácil “dejar” el .com, aunque existan alternativas como .io o dominios locales.


La pregunta de fondo

Verisign no es el villano caricaturesco que algunos presentan, pero tampoco es un actor neutral sin incentivos económicos.

Es una empresa privada con control sobre una infraestructura pública global.

Y ahí está el dilema.

Internet se construyó bajo la promesa de apertura y competencia. Sin embargo, en su núcleo, todavía existen estructuras diseñadas hace más de 30 años que concentran poder y generan rentas extraordinarias.

La discusión no es si Verisign debe desaparecer —eso sería irresponsable—, sino si el sistema actual refleja el interés público global o el equilibrio cómodo de unos pocos actores.

Porque mientras el .com siga siendo el estándar universal, el verdadero poder no estará en las redes sociales ni en los algoritmos…

Sino en quien decide, silenciosamente, quién existe en internet.