
Durante décadas, enfrentar a Brasil era sinónimo de miedo. La camiseta verdeamarela imponía respeto antes incluso de que rodara el balón. Para muchas selecciones, el simple hecho de cruzarse con el pentacampeón del mundo significaba asumir el papel de víctima. Sin embargo, esa imagen parece haberse desvanecido con el paso de los años.
La eliminación frente a Noruega por 2-1 en los octavos de final del Mundial de 2026 no solo representa un nuevo fracaso deportivo. También confirma una tendencia que comenzó hace más de una década: Brasil dejó de ser esa selección que intimidaba a sus rivales por el peso de su historia.
Los números son contundentes. Desde el Mundial de 2014, disputado en su propio país, Brasil no ha vuelto a jugar una semifinal de la Copa del Mundo. En 2014 sufrió la histórica goleada 7-1 frente a Alemania. En 2018 fue eliminado en cuartos de final por Bélgica. En 2022 cayó en la misma instancia frente a Croacia. Ahora, en 2026, ni siquiera logró alcanzar los cuartos de final tras ser superado por una Noruega que mostró mayor eficacia y personalidad.
Más allá de los resultados, lo que parece haberse roto es el aura que durante generaciones rodeó a la selección brasileña. Antes, cualquier rival firmaba un empate antes de enfrentar a la Canarinha. Hoy, las selecciones llegan convencidas de que pueden derrotarla. Ya no existe ese temor psicológico que durante décadas jugó a favor de Brasil.
El problema va mucho más allá de un entrenador o de una generación de futbolistas. Brasil continúa produciendo jugadores de primer nivel, exporta talento a las mejores ligas del mundo y mantiene una enorme tradición futbolística. Sin embargo, el talento individual ya no marca diferencias como antes. El fútbol moderno exige organización, disciplina táctica y proyectos sólidos, aspectos en los que varias selecciones europeas e incluso algunas sudamericanas han logrado superar al gigante sudamericano.
Mientras países como Francia, España, Inglaterra o Argentina han consolidado procesos exitosos en los últimos años, Brasil parece vivir en una constante búsqueda de identidad. Los cambios permanentes de dirección, las críticas a la Confederación Brasileña de Fútbol y la presión por recuperar el protagonismo han impedido construir un proyecto capaz de devolver a la selección a la élite mundial.
Eso no significa que Brasil haya dejado de ser una potencia histórica. Sigue siendo el único pentacampeón del mundo y una de las marcas deportivas más reconocidas del planeta. Su prestigio acumulado durante décadas permanece intacto. Sin embargo, una cosa es el prestigio histórico y otra muy distinta el respeto competitivo del presente.
Hoy los rivales ya no sienten que enfrentar a Brasil sea una misión imposible. La camiseta verdeamarela continúa siendo una de las más famosas del fútbol, pero ya no paraliza a sus adversarios. La historia sigue pesando, aunque cada vez menos dentro del terreno de juego.
El Mundial de 2026 puede marcar un punto de inflexión. Si Brasil no logra una profunda renovación institucional y deportiva, corre el riesgo de que las nuevas generaciones conozcan a la Canarinha más por sus glorias del pasado que por sus éxitos del presente.
Porque en el fútbol, el respeto no se hereda eternamente. Se conquista una y otra vez en la cancha. Y hace tiempo que Brasil dejó de imponer el miedo que alguna vez convirtió a la verdeamarela en la selección más temida del planeta.