
Cada vez que Argentina gana un partido importante, especialmente en un Mundial, reaparece una teoría que parece resistirse a desaparecer: que la FIFA protege a la Albiceleste, que Lionel Messi recibe un trato preferencial y que los árbitros inclinan la cancha a favor del campeón del mundo.
Es un discurso que genera millones de reproducciones en redes sociales, horas de debate en programas deportivos y titulares diseñados para alimentar la polémica. Pero también es un discurso que, en muchas ocasiones, termina minimizando uno de los proyectos futbolísticos más exitosos de la última década.
Argentina no llegó a la cima del fútbol mundial por casualidad.
Lo hizo construyendo una idea de juego que comenzó a consolidarse con Lionel Scaloni, un técnico que transformó una selección llena de dudas en un equipo competitivo, equilibrado y mentalmente fuerte. La Copa América, la Finalissima y el Mundial de Catar no fueron accidentes. Fueron la consecuencia de un proceso deportivo que hoy continúa dando resultados.
Sin embargo, para algunos sectores de la prensa deportiva parece ser más sencillo explicar cada victoria argentina mediante una teoría conspirativa que aceptar que, sencillamente, enfrente hay un equipo que juega mejor.
Eso no significa que el arbitraje no deba ser cuestionado.
Las decisiones polémicas existen. Han ocurrido en partidos de Argentina durante este Mundial y han generado reclamos de rivales y debates entre especialistas. Reuters ha documentado cómo varias acciones arbitrales alimentaron la percepción de favoritismo, mientras que expertos en arbitraje también han señalado inconsistencias en la aplicación del VAR.
Pero una cosa es discutir una decisión arbitral y otra muy distinta es concluir que existe un plan organizado para llevar a Argentina hasta la final.
Entre ambos argumentos hay una enorme diferencia.
Llama la atención que algunos medios deportivos parezcan olvidar que las grandes selecciones siempre conviven con polémicas arbitrales. Brasil, Alemania, Italia, Francia, España o Inglaterra también han sido protagonistas de partidos marcados por decisiones discutidas, sin que ello invalide automáticamente sus conquistas.
Con Argentina ocurre algo diferente.
La figura de Lionel Messi multiplica cualquier controversia.
El mejor futbolista de su generación despierta admiración, pero también una enorme polarización. Cada penalti, cada revisión del VAR o cada declaración del presidente de la FIFA termina siendo utilizada como una nueva “prueba” de una conspiración que, hasta hoy, nadie ha demostrado con evidencias verificables.
Lo preocupante es que algunos espacios deportivos parecen haber sustituido el análisis por la sospecha permanente.
En lugar de explicar por qué Argentina domina la posesión, presiona alto, controla los tiempos del partido o encuentra soluciones tácticas, optan por instalar la idea de que todo responde a intereses comerciales.
Paradójicamente, mientras ese debate crece, publicaciones como Forbes han destacado precisamente el trabajo de Scaloni para construir un equipo alrededor de Messi, resaltando aspectos futbolísticos y tácticos que explican el rendimiento argentino mucho más que cualquier teoría conspirativa.
El fútbol necesita árbitros mejores.
Necesita un VAR más transparente.
Necesita decisiones consistentes.
En eso probablemente exista consenso.
Pero también necesita un periodismo capaz de diferenciar entre una crítica legítima y una acusación extraordinaria que requiere pruebas extraordinarias.
Porque cuando cada triunfo se explica únicamente mediante conspiraciones, el periodismo deja de analizar el juego para convertirse en un amplificador de sospechas.
Y eso termina siendo injusto con una generación de futbolistas que ha demostrado, durante varios años, que está entre las mejores del mundo.
Criticar una decisión arbitral es parte del debate futbolístico.
Negar la calidad de Argentina para sostener una teoría sin pruebas es, simplemente, desconocer el fútbol.