¿Puede Colombia convertirse en el “Camelot” que promete Abelardo?

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Durante la campaña presidencial, Abelardo De la Espriella despertó una enorme expectativa entre millones de colombianos. Para muchos representa el regreso de la autoridad, la defensa de la inversión privada y la promesa de un país más seguro y con mayor crecimiento económico. Sus seguidores creen que Colombia está a las puertas de una nueva etapa.

Pero la historia reciente invita a la prudencia.

Hace apenas cuatro años, Gustavo Petro llegó a la Presidencia convertido en la gran esperanza de la izquierda. Sus simpatizantes hablaban de un cambio histórico que transformaría el país. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de esas expectativas chocaron con la realidad. La polarización política, las dificultades para sacar adelante reformas y la percepción de incumplimientos hicieron que parte de quienes votaron por él terminaran profundamente decepcionados.

Ese antecedente plantea una pregunta inevitable: ¿podría repetirse la historia con Abelardo De la Espriella?

Gobernar es mucho más difícil que hacer campaña.

En campaña todo parece posible. Los discursos convencen, las promesas entusiasman y los problemas parecen tener soluciones rápidas. Pero una vez se llega al poder, aparecen los verdaderos obstáculos.

Un presidente no gobierna solo. Necesita un Congreso dispuesto a aprobar reformas, una economía estable, instituciones que funcionen y un equipo de gobierno capaz de ejecutar las decisiones. Incluso las mejores ideas pueden fracasar si no existe capacidad para convertirlas en resultados.

Las expectativas son enormes.

Muchos ciudadanos esperan que el nuevo gobierno reduzca la inseguridad, reactive la economía, atraiga inversión, genere empleo y recupere la confianza de los empresarios.

El problema es que esas expectativas son tan altas que cualquier avance que no sea inmediato podría ser interpretado como un fracaso.

En política existe un riesgo frecuente: cuando las promesas elevan demasiado las expectativas, la realidad casi siempre termina pareciendo insuficiente.

¿Tiene fortalezas?

Sí.

Abelardo llega con un fuerte respaldo de sectores empresariales, una imagen de liderazgo firme y un discurso orientado a recuperar la confianza económica. Si logra mantener estabilidad institucional, mejorar la seguridad jurídica y generar confianza para la inversión, Colombia podría experimentar un nuevo ciclo de crecimiento.

Pero esas fortalezas, por sí solas, no garantizan el éxito.

Los desafíos son enormes.

El nuevo gobierno recibe un país con problemas estructurales que no desaparecen con un cambio de presidente.

La deuda pública, la informalidad laboral, la inseguridad en varias regiones, la pobreza, la desigualdad y la desconfianza entre distintos sectores políticos seguirán presentes desde el primer día.

A eso se suma un escenario internacional incierto, donde factores externos pueden afectar el crecimiento económico sin importar quién ocupe la Casa de Nariño.

La verdadera prueba

Los primeros meses serán determinantes.

Más que los discursos, los ciudadanos evaluarán decisiones concretas: quiénes conforman el gabinete, cómo se ejecuta el presupuesto, qué tan rápido avanzan las reformas y si realmente mejoran indicadores como el empleo, la seguridad y el crecimiento económico.

Será allí donde comenzará a definirse si las expectativas estaban justificadas o si terminarán convirtiéndose en una nueva frustración.

Hablar hoy de una “Camelot colombiana” puede resultar atractivo desde el punto de vista político, pero todavía es una aspiración, no una realidad.

Abelardo De la Espriella llega al poder con una oportunidad que pocos presidentes han tenido: un importante respaldo ciudadano y una alta expectativa de cambio. Sin embargo, también enfrenta el riesgo que han vivido muchos mandatarios antes que él: que la ilusión de la campaña sea más grande que los resultados del gobierno.

La historia demuestra que los gobiernos no se juzgan por lo que prometen, sino por lo que logran. Si Abelardo consigue traducir sus propuestas en resultados concretos, podría marcar un punto de inflexión para Colombia. Si no lo hace, el país podría volver a experimentar el mismo ciclo de esperanza y desilusión que ya ha vivido en otras administraciones.

En democracia, la confianza no se gana con discursos. Se construye con resultados.