
La campaña presidencial colombiana ha entrado en una fase de máxima tensión. A medida que se acerca la segunda vuelta entre el candidato oficialista y el candidato de oposición, han aparecido declaraciones de algunos exfuncionarios y figuras políticas que advierten sobre posibles estallidos sociales si el resultado electoral no favorece a su sector.
Estas declaraciones han generado una pregunta que muchos ciudadanos se están haciendo: ¿por qué en Colombia se habla de que el país podría “incendiarse” mientras que en Perú, donde la situación política ha sido mucho más inestable durante años, no parece existir el mismo temor?
La comparación resulta llamativa. Perú ha tenido numerosos presidentes en pocos años, crisis institucionales permanentes, destituciones presidenciales y enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso. Sin embargo, pese a la fuerte polarización que vive actualmente, el debate electoral no gira alrededor de la idea de que el país podría entrar en caos si gana uno u otro candidato.
En Colombia ocurre algo diferente. La polarización se ha convertido en uno de los principales protagonistas de la discusión política. Ya no solo se debate sobre economía, seguridad o empleo. También se debate sobre el futuro mismo del país dependiendo de quién llegue a la Casa de Nariño.
Aquí surge un aspecto importante. Una cosa es advertir que pueden existir protestas después de una elección y otra muy distinta es utilizar expresiones como “el país se incendiará”. Cuando un líder político utiliza ese lenguaje, muchos ciudadanos pueden interpretarlo como una predicción, pero otros lo perciben como una forma de presión o incluso de intimidación.
El problema es que este tipo de mensajes termina aumentando la incertidumbre. El votante común, que simplemente quiere elegir a su candidato y continuar con su vida cotidiana, puede sentir que cualquier resultado traerá consecuencias graves para el país.
La democracia funciona precisamente porque permite que diferentes sectores compitan por el poder respetando unas reglas. Cuando la discusión se traslada del debate de propuestas a escenarios de confrontación, el clima político se vuelve más tenso y la confianza ciudadana comienza a deteriorarse.
Más allá de quién gane la elección, el verdadero desafío para Colombia será demostrar que las instituciones son más fuertes que la polarización. Porque al final, una democracia no se mide por cómo celebra las victorias, sino por cómo acepta las derrotas.
Y esa es quizás la gran diferencia que hoy preocupa a muchos colombianos.