La derecha le teme más a Abelardo que a la izquierda: el outsider que nadie puede controlar.

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La derecha colombiana está viviendo una contradicción enorme que muy pocos quieren admitir públicamente. Mientras el discurso oficial habla de unidad para sacar a la izquierda del poder, por debajo de la mesa lo que realmente existe es una guerra silenciosa entre egos, proyectos personales y grupos políticos que llevan años peleando por controlar el mismo electorado. Y en medio de ese caos aparece un personaje como Abelardo de la Espriella, que termina convirtiéndose en una amenaza no solo para la izquierda, sino también para la misma derecha tradicional que supuestamente debería recibirlo con los brazos abiertos.

Lo interesante de este fenómeno es que mucha gente cree que el problema de la derecha es simplemente que no logra unirse, pero el asunto es mucho más profundo. La verdadera crisis es que los partidos tradicionales perdieron la conexión emocional con una parte enorme de la ciudadanía que ya no cree en el político clásico, el que habla bonito, promete institucionalidad y termina negociando puestos, contratos y favores burocráticos. Ese modelo está desgastado y la gente lo siente. Por eso figuras que hablan duro, sin filtro y con discurso antisistema empiezan a crecer incluso cuando generan rechazo en los círculos políticos tradicionales.

Ahí es donde el caso de Abelardo se vuelve tan incómodo para todos. Porque él no encaja en el molde tradicional de la derecha colombiana. No es el político técnico tipo Sergio Fajardo que intenta vender moderación y equilibrio, pero tampoco es el dirigente clásico de maquinaria partidista que necesita pedir permiso para moverse. Su narrativa funciona precisamente porque transmite la idea de que no le debe favores a nadie y que no llegó para jugar el juego tradicional del poder. Y aunque eso emociona a un sector de la ciudadanía cansado de la politiquería, también genera terror dentro de los partidos que históricamente han controlado el bloque conservador y de centroderecha.

Porque una cosa es usar un discurso fuerte en campaña y otra muy distinta es llegar al poder sin estar amarrado a las estructuras tradicionales. Los partidos viven de los acuerdos, de las cuotas burocráticas, de las alianzas regionales y de las negociaciones permanentes. Un outsider rompe esa lógica porque no es fácil disciplinarlo ni controlarlo. Y ahí está el verdadero miedo. No es solamente si Abelardo puede ganar o no. El temor real es que, si logra consolidar una base popular fuerte, termine desplazando a toda una generación de políticos tradicionales que llevan décadas administrando el poder desde las mismas estructuras.

Por eso muchas figuras de derecha lo miran con desconfianza. No porque necesariamente estén en desacuerdo con parte de su discurso sobre seguridad, autoridad o confrontación contra la izquierda, sino porque entienden perfectamente que un personaje así podría llegar a dinamitar el tablero político completo. Y cuando un outsider amenaza con romper el equilibrio interno de poder, automáticamente se convierte en enemigo de quienes llevan años beneficiándose de ese sistema. La política colombiana históricamente ha tolerado líderes fuertes, pero siempre y cuando puedan ser negociados, contenidos o alineados. El problema con figuras antisistema es que suelen crecer precisamente porque rechazan esa lógica.

Y mientras todo eso ocurre, la derecha sigue atrapada en una pelea interna absurda donde cada sector cree ser el dueño legítimo de la oposición. Unos creen que el camino es moderarse y conquistar el centro político. Otros piensan que la única forma de derrotar a la izquierda es radicalizando el discurso y confrontando sin miedo. Y en medio de esa división aparecen escenas como la de Paloma Valencia intentando acercarse a Fajardo en Barranquilla, buscando construir puentes para una eventual segunda vuelta. Pero ahí vuelve a aparecer otro problema histórico de Colombia: el centro político vive obsesionado con diferenciarse tanto de la derecha como de la izquierda, incluso cuando eso termina debilitando cualquier posibilidad de construir una oposición sólida.

En el fondo, el fenómeno Abelardo también refleja algo mucho más grande: el agotamiento emocional de la gente con la política tradicional. Hay un sector enorme del país que ya no quiere discursos técnicos ni políticos diplomáticos. Quiere alguien que transmita autoridad, ruptura y confrontación directa contra las élites que sienten responsables del deterioro institucional, la inseguridad y la corrupción. Y cuando el ciudadano entra en ese estado de cansancio político, empieza a valorar más el carácter que la experiencia técnica.

La gran pregunta es si Colombia realmente está preparada para un outsider de ese nivel o si el sistema terminará absorbiéndolo, como ha pasado tantas veces en América Latina. Porque gobernar es muy distinto a hacer oposición mediática. Una cosa es hablarle a la indignación ciudadana desde las redes y otra muy distinta es administrar un Estado lleno de burocracia, cortes, Congreso, partidos y poderes regionales. Ahí es donde muchos outsiders descubren que el sistema que prometieron destruir también tiene la capacidad de devorarlos desde adentro.

Pero independientemente de si Abelardo logra llegar lejos o no, su crecimiento ya dejó algo claro: la derecha tradicional perdió el monopolio del discurso opositor. Y eso explica por qué algunos sectores empiezan a verlo más como una amenaza interna que como un aliado natural. Porque a veces el mayor miedo de los partidos no es perder contra la izquierda, sino perder el control de su propio espacio político.