
Mientras muchas ciudades sueñan con la Fórmula 1 como símbolo de estatus, Barranquilla parece haber elegido un camino más estratégico: ir por la IndyCar Series, una categoría menos glamurosa, pero mucho más viable.
El anuncio del alcalde Alejandro Char no es menor. Poner a la ciudad en el radar del automovilismo internacional no solo es una apuesta deportiva, es una jugada económica y de posicionamiento global. Y aquí es donde entra una figura clave: Juan Pablo Montoya, cuyo peso en el mundo del motor le da credibilidad a un proyecto que, sin él, sonaría a promesa política más.
La diferencia entre IndyCar y Fórmula 1 no es solo de prestigio, es de modelo. La F1 exige inversiones gigantescas, contratos complejos y estándares técnicos casi imposibles para una ciudad que apenas está consolidando su infraestructura de grandes eventos. IndyCar, en cambio, es más flexible: permite circuitos urbanos adaptables, reduce costos logísticos y abre la puerta a una audiencia más amplia, no exclusivamente de élite.
Aquí hay una decisión inteligente: Barranquilla no está renunciando a la Fórmula 1, está posponiéndola. Entiende que no se construye un Gran Premio de la noche a la mañana. Primero necesita demostrar que puede organizar un evento de alto nivel, atraer turismo masivo y responder logísticamente. IndyCar funciona como esa prueba piloto.
El Malecón del Río no es casualidad. Es un escenario que ya ha demostrado capacidad para eventos masivos y que, con ajustes, puede convertirse en un circuito atractivo tanto para pilotos como para espectadores. Además, las obras asociadas al Carnaval de Barranquilla y los futuros Juegos Panamericanos 2027 juegan a favor: la ciudad ya está invirtiendo en infraestructura, y este tipo de eventos se montan sobre esa misma base.
Ahora bien, hay que bajar el entusiasmo a la realidad: hablar de un impacto económico de más de 100 millones de dólares es una proyección optimista. Este tipo de cifras dependen de factores como ocupación hotelera, patrocinio internacional y transmisión global. Si falla alguno, el impacto se reduce considerablemente.
Aun así, el movimiento tiene lógica. En un contexto donde la Fórmula 1 está saturada de sedes y con tensiones geopolíticas que afectan su calendario, ciudades emergentes como Barranquilla tienen más posibilidades entrando por la puerta de IndyCar que esperando una invitación directa al “club exclusivo”.
En el fondo, esto no es solo automovilismo. Es una señal de cómo Barranquilla quiere verse en el mapa: no como una ciudad que persigue eventos imposibles, sino como una que construye credibilidad paso a paso.
La pregunta no es si llegará la Fórmula 1.
La pregunta es si IndyCar será el primer paso… o el único.