
La reacción de Gustavo Petro frente al resultado de las elecciones presidenciales en Chile en 2025 se explica desde una lectura política e ideológica, más que personal. Jeannette Jara representaba un proyecto de izquierda alineado con el progresismo regional, cercano a las banderas que Petro defiende en Colombia y en América Latina. Aunque Jara fue la candidata más votada en la primera vuelta, ese resultado no implicaba mayoría social, sino la concentración del voto de izquierda en un escenario fragmentado.
En la segunda vuelta, la lógica electoral cambió. Con solo dos opciones en disputa, el centro y la derecha tendieron a reagruparse en torno a José Antonio Kast, impulsados más por el rechazo a Jara que por una adhesión plena a Kast. Jara no logró ampliar su base hacia sectores moderados, mientras Kast sí consiguió sumar apoyos transversales, especialmente en temas como seguridad, economía y gobernabilidad. Esto permitió que Kast creciera significativamente entre una vuelta y otra y terminara imponiéndose con claridad.
Para Petro, la derrota de Jara no es solo un hecho chileno, sino un golpe simbólico al proyecto político progresista en la región. La victoria de Kast es interpretada como un avance de una derecha conservadora que desafía esa agenda y debilita el relato de expansión de la izquierda latinoamericana. En ese contexto, el disgusto de Petro responde a una lectura estratégica: perdió una aliada ideológica, ganó un adversario político y el resultado también tiene efectos en el equilibrio discursivo y político dentro de Colombia.