Perú elige al noveno presidente en una década sin creerle a ninguno.

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Perú votó ayer. Y lo que las urnas dejaron no es un resultado electoral: es el retrato más honesto y brutal de un país que lleva una década destruyéndose a sí mismo en cámara lenta.

En la última década, ocho presidentes han desfilado por el Palacio de Gobierno. Ocho. En el mismo período en que un país normal habría tenido dos o tres mandatarios elegidos, debatido políticas de Estado y construido instituciones, Perú consumió presidentes como si fueran piezas de un engranaje roto al que nadie termina de reparar. Y ayer, domingo 12 de abril, los más de 27 millones de peruanos habilitados para votar fueron llamados a elegir al número nueve.

El resultado habla por sí solo. Con el conteo rápido de Datum al 100%, Keiko Fujimori quedó en primer lugar con apenas el 16.8% de los votos. Rafael López Aliaga se ubicó segundo con 12.9%, Jorge Nieto tercero con 11.6%, y Ricardo Belmont cuarto con 10.1%. Eso significa que la persona que probablemente gobernará el Perú a partir de julio lo hará habiendo convencido a menos de dos de cada diez peruanos de que era la mejor opción. Es una legitimidad de papel, frágil como todo lo que se construye sobre arenas movedizas.

Ningún candidato superó el 50% necesario para ganar en primera vuelta, así que Perú se va a segunda vuelta el próximo 7 de junio, donde se enfrentarán los dos candidatos más votados. Casi con certeza será un duelo entre Fujimori y López Aliaga, dos figuras de derecha con estilos distintos pero con el mismo problema de fondo: ninguno de los dos convenció a casi nadie. Entre ambos suman apenas un tercio del electorado. El otro 64% votó por alguien más, votó en blanco o simplemente no quiso elegir a ninguno.

Y aquí aparece uno de los datos más llamativos de esta jornada. En Perú el voto es obligatorio hasta los 70 años, y aun así la participación fue alta, cercana al 80% del padrón electoral. Compárese eso con Colombia, donde el voto es voluntario y la abstención en primera vuelta suele superar el 50%, con elecciones en las que apenas cuatro de cada diez ciudadanos se molestan en ir a las urnas. El peruano va a votar aunque no quiera a nadie, aunque no crea en el sistema, aunque sepa que el presidente que elija hoy probablemente no termine su mandato. Eso no es civismo, es resignación institucionalizada.

La jornada en sí misma fue una metáfora perfecta del Estado peruano: caótica, mal organizada y llena de promesas incumplidas. El Jurado Nacional de Elecciones tuvo que ampliar el horario de votación por los retrasos en la distribución del material electoral, y aun así hubo ciudadanos que no pudieron sufragar el domingo y tuvieron que hacerlo este lunes. En la noche, manifestantes se plantaron frente al JNE acusando fraude.

Aquí está el corazón del problema: el país tiene una de las macroeconomías más sólidas de América Latina. Su banco central es técnicamente autónomo, su disciplina fiscal es envidiable y su inflación está controlada. Pero esa fortaleza económica no despega porque la política actúa como un freno de mano permanente. Cada vez que un gobierno intenta impulsar una reforma estructural, alguien en el Congreso activa el mecanismo de la “vacancia por incapacidad moral”, esa figura que en teoría existe para proteger la democracia y que en la práctica se ha convertido en la herramienta favorita para derribar presidentes que incomodan.

El resultado es un país atrapado creciendo entre el 2% y el 3% anual, cuando su riqueza en recursos naturales, su posición geográfica y su potencial humano deberían permitirle crecer por encima del 5%. Esa diferencia que se pierde cada año en inestabilidad e incertidumbre se traduce en hospitales que no se construyen, carreteras que quedan en papel y generaciones de jóvenes que emigran buscando lo que su propio país no puede darles.

Quien gane el balotaje del 7 de junio llegará al poder sabiendo que el 80% del país no lo quería como primera opción, y gobernará con una coalición legislativa cosida con alfileres que puede romperse ante cualquier crisis. Lo más trágico de todo no son los candidatos ni los resultados. Es la resignación. La sensación de que Perú ya no espera que sus presidentes cumplan un mandato completo, sino que simplemente duren un poco más que el anterior.

El noveno presidente está a punto de ser elegido. Y el décimo, casi con certeza, ya está esperando en algún lugar.