
Un devastador deslizamiento de tierra en la región de Rubaya, al este de la República Democrática del Congo, ha puesto nuevamente de luto al mundo minero. Se estima que al menos 200 personas perdieron la vida luego de que las intensas lluvias provocaran el colapso de una montaña sobre una mina controlada por milicias rebeldes. Este lugar no es un punto cualquiera en el mapa; de allí sale entre el 15 % y el 30 % del coltán mundial, el mineral que permite que nuestros teléfonos celulares y computadoras funcionen.
Una trampa de lodo y ambición
El desastre ocurrió en dos tiempos: un primer deslizamiento el miércoles por la tarde y un segundo golpe el jueves por la mañana, atrapando a mineros en túneles profundos excavados a mano. Entre las víctimas no solo se encuentran trabajadores, sino también mujeres y niños que se hallaban en un mercado cercano. La falta de maquinaria pesada ha obligado a los sobrevivientes a intentar rescatar cuerpos con sus propias manos, en medio de un aislamiento total provocado por el corte de las redes telefónicas y la destrucción de los caminos.
El control de las armas sobre el mineral
La mina de Rubaya está actualmente bajo el control del grupo rebelde M23, una milicia que utiliza las ganancias del coltán —estimadas en cientos de miles de dólares al mes— para financiar su guerra. Al ser una operación ilegal y de conflicto, no existen protocolos de seguridad, ni seguros de vida, ni rutas de evacuación. El gobierno congoleño, aunque es el dueño legal del territorio, se encuentra incapacitado para actuar debido a la fuerza militar de los rebeldes y a la falta de presencia institucional en esta zona selvática.
El silencio de la industria global
¿Quién responde por estas muertes? La respuesta es desalentadora: nadie. El grupo M23 ve a los mineros como piezas reemplazables, el gobierno culpa a países vecinos por la inseguridad y las grandes empresas tecnológicas a menudo alegan que es imposible rastrear el origen exacto del mineral. El coltán de Rubaya suele ser sacado de contrabando hacia países vecinos donde es “lavado” y mezclado con mineral legal antes de llegar a las fábricas de los dispositivos que usamos a diario.
El coltán en Colombia: Una realidad oculta
Aunque la tragedia ocurrió en África, el problema no es ajeno a nosotros. En Colombia, el coltán se encuentra en el Escudo Guayanés, específicamente en los departamentos de Guainía, Vichada y Vaupés. Conocido como “el oro azul” o “las arenas negras”, este mineral también es blanco de la minería ilegal en nuestro país, controlada por grupos como las disidencias de las FARC y el ELN.
A pesar de los operativos constantes de las autoridades colombianas, la inmensidad de la selva y la falta de una regulación legal robusta permiten que el mineral siga saliendo por rutas de contrabando hacia Venezuela y Brasil. Al igual que en el Congo, la minería de coltán en Colombia está provocando la deforestación de parques naturales y el desplazamiento de comunidades indígenas, quienes se ven atrapadas en un negocio que mueve millones de dólares pero solo deja pobreza y daño ambiental a su paso.
Esta tragedia en el Congo es un recordatorio urgente sobre el costo humano de la tecnología. Detrás de cada pantalla, hay una cadena de suministro que, en muchos casos, está manchada por la informalidad, la guerra y la ausencia de justicia para quienes arriesgan su vida en las entrañas de la tierra.