
Barranquilla ha vuelto a confirmar que su corazón late al ritmo del tambor. Durante este último puente festivo, la ciudad fue testigo de un ritual que trasciende la simple festividad: las izadas de bandera de las Danzas de Congo. Este acto, que marca oficialmente el inicio del compromiso de los grupos con la fiesta, se convirtió en una declaración de resistencia y amor por las raíces afrodiaspóricas.

Un Despliegue de Identidad
Desde barrios emblemáticos como Carrizal y el Siete de Abril, el aire se llenó del sonido de la flauta de millo y el golpe seco del tambor. Agrupaciones de gran trayectoria como el Congo Carrizaleño, Perro Negro y Congo Moderno, entre otros, alzaron sus estandartes al cielo. Cada bandera desplegada no es solo un trozo de tela; es el símbolo de una herencia que se niega a desaparecer y que encuentra en el Carnaval su máximo escenario de libertad.

Más que Fiesta, un Legado Familiar
Lo que se vivió en puntos como la sede de Paz, Plata y Oro o el Congo Rumbero fue una muestra de cohesión social. Familias enteras se volcaron a las calles para apoyar a sus guerreros, demostrando que el Carnaval de Barranquilla se sostiene sobre los hombros de las comunidades. En cada paso de danza y en cada “fauna” que acompaña al Congo (toros, burros y tigres), se lee la historia de un pueblo que transforma su pasado en alegría colectiva.

Las izadas de bandera de este 2026 reafirman que el Carnaval es, ante todo, un ejercicio de memoria. Mientras un Congo siga vistiendo su turbante adornado de flores y su capa colorida, el legado de nuestros ancestros seguirá custodiado por el brillo de los espejos y la fuerza de la tradición.
