
Las declaraciones de Matt Damon sobre cómo las plataformas de streaming están alterando la narrativa cinematográfica han reavivado un debate crucial: ¿puede el cine sobrevivir en un mundo donde la atención del espectador está fragmentada por el celular y las notificaciones? La respuesta, lejos de ser pesimista, apunta a que los cines no desaparecerán, porque ofrecen una experiencia que ninguna pantalla doméstica puede replicar.
La diferencia esencial: concentración absoluta
En la sala de cine, el espectador se sumerge en un ritual colectivo. Las luces se apagan, la pantalla domina el espacio y el sonido envuelve la experiencia. No hay distracciones externas: el celular pierde protagonismo y la atención se concentra en la historia. Esa inmersión total es insustituible y constituye la esencia del cine como arte.
El ritual social y cultural
Ir al cine no es solo consumir una película, es participar en un acto cultural compartido. Familias, parejas y grupos de amigos convierten la salida al cine en un evento social. Esa dimensión comunitaria refuerza la vigencia de las salas, porque el streaming, aunque cómodo, no ofrece la misma carga simbólica ni emocional.
Escala y lenguaje artístico
El cine fue concebido para la gran pantalla. La magnitud visual y sonora de una sala permite que las historias se desplieguen con toda su fuerza estética. Aunque el streaming adapta narrativas para un consumo fragmentado, la experiencia cinematográfica sigue siendo el espacio donde la obra se aprecia en su plenitud.
Complementariedad, no sustitución
El streaming ha transformado hábitos de consumo, pero no elimina la necesidad del cine. Más bien, ambos formatos se complementan: el streaming ofrece inmediatez y accesibilidad, mientras que la sala oscura garantiza profundidad y concentración. Esta dualidad asegura que el cine mantenga su lugar en la cultura contemporánea.
Las palabras de Damon reflejan la tensión entre arte y consumo. Sin embargo, lejos de anunciar el fin del cine, ponen en evidencia su vigencia: la sala oscura se convierte en el antídoto contra la distracción, el espacio donde la narrativa puede desplegarse sin concesiones al algoritmo ni a la multitarea.
Los cines no desaparecerán porque representan algo más que un lugar para ver películas: son un espacio de inmersión, comunidad y arte. El streaming puede alterar la forma de contar historias, pero nunca podrá reemplazar la experiencia única de vivir el cine en su hábitat natural: la sala oscura.
