
Carlos Alcaraz ha dejado de ser el futuro del tenis para convertirse en su mayor hito histórico. Con su victoria en el Open de Australia 2026, el murciano ha alcanzado la cima que todo tenista sueña: el Career Grand Slam (ganar los cuatro torneos grandes). Lo ha logrado a una edad en la que la mayoría apenas está asimilando la presión del circuito profesional, rompiendo barreras que se mantuvieron intactas por casi un siglo.
Un récord que desafía los siglos
A sus 22 años y 272 días, Alcaraz se convierte en el hombre más joven de toda la historia en poseer los cuatro trofeos más importantes del tenis en su vitrina. Con este triunfo, no solo domina la era moderna, sino que ha superado el récord absoluto que ostentaba el estadounidense Don Budge desde 1938, quien completó su colección con 22 años y 363 días.
Alcaraz frente al “Big 3”: El espejo de la precocidad
Para entender la magnitud de lo que ha hecho el director de orquesta de El Palmar, basta con mirar a los gigantes a los que acaba de superar. Alcaraz ha completado el Grand Slam de carrera mucho antes que las tres figuras que dominaron este deporte durante dos décadas:
| Tenista | Edad al completar los 4 Grand Slams |
| Carlos Alcaraz | 22 años y 272 días |
| Rafael Nadal | 24 años y 101 días |
| Roger Federer | 27 años y 303 días |
| Novak Djokovic | 29 años y 15 días |
Siete coronas y un destino legendario
Con este Open de Australia, Alcaraz suma ya 7 títulos de Grand Slam (2 Roland Garros, 2 Wimbledon, 2 US Open y 1 Australia). A su edad, nadie en la Era Open había alcanzado tal cifra de “majors” en superficies tan distintas, demostrando una polivalencia técnica que lo sitúa, estadísticamente, por delante de lo que habían logrado Federer o Djokovic a los 22 años.
La precocidad de Alcaraz no es solo una cuestión de números; es la confirmación de que el tenis ha encontrado un nuevo estándar de excelencia. Al cerrar el círculo de los cuatro grandes antes de los 23 años, el español entra en un olimpo reservado para unos pocos elegidos, dejando claro que su carrera no busca igualar a las leyendas, sino establecer sus propios límites, ahora imposibles de predecir.