
Lo que ocurrió en el barrio Venezuela, en Uribia (La Guajira), no es solo un hecho de violencia más. Es un caso que rompe una de las pocas certezas que le quedan a cualquier ciudadano: que su casa es un lugar seguro.
Una mujer de 27 años, psicóloga y con cuatro meses de embarazo, fue atacada a tiros mientras estaba sentada en la terraza de su vivienda. Hoy permanece bajo pronóstico reservado. Y mientras la comunidad espera respuestas, hay una pregunta que lo resume todo: ¿por qué?
Un ataque que no parece casual
Hay un elemento que cambia completamente la lectura del caso: la víctima no estaba en la calle, ni en un lugar de riesgo. Estaba en su casa.
Eso, en términos de análisis, sugiere algo inquietante:
no fue un hecho aleatorio.
Para que un ataque ocurra en esas condiciones, normalmente hay:
- seguimiento previo
- conocimiento de rutinas
- una decisión clara de a quién atacar
Esto abre una primera conclusión incómoda: alguien la tenía como objetivo.
Cuando la víctima no encaja en el perfil
El caso genera aún más impacto porque rompe el estereotipo de “víctima en conflicto”.
No se trata —al menos públicamente— de alguien vinculado a actividades ilegales o disputas conocidas.
Era una profesional de la salud mental.
Y ahí aparece una de las tensiones más fuertes del caso:
¿qué pasa cuando la violencia alcanza a personas que, en teoría, están fuera de ese mundo?
Las hipótesis que generan más preguntas que respuestas
Aunque la Fiscalía General de la Nación aún no ha confirmado un móvil, hay varias líneas que, más que aclarar, abren debate:
- Conflictos invisibles: no todos los problemas son públicos. ¿Estamos subestimando lo que no se ve?
- Presión a terceros: en contextos violentos, a veces se ataca a alguien vulnerable para enviar un mensaje.
- Entorno profesional: ¿puede el ejercicio de la psicología tocar intereses sensibles en territorios complejos?
Ninguna es concluyente. Pero todas apuntan a algo más profundo:
la violencia no siempre es lógica ni visible.
El verdadero problema: la sensación de indefensión
Más allá del caso puntual, lo que queda es una sensación colectiva difícil de ignorar.
Si alguien puede ser atacado:
- en su casa
- sin antecedentes conocidos
- en plena cotidianidad
entonces la pregunta deja de ser individual y se vuelve social:
¿quién está realmente a salvo?
Un caso que obliga a mirar más allá
Lo ocurrido en Uribia no solo exige capturar a los responsables.
Exige entender qué está fallando.
Porque cuando la violencia deja de tener explicaciones claras, lo que crece no es solo el miedo, sino la desconfianza en el entorno, en las autoridades y en la idea misma de convivencia.