¿A Petro ni a Uribe les importan las masacres que hay en Colombia?

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Colombia cerró el primer trimestre del año con 35 masacres y 133 víctimas. Y en lugar de unirse para frenar esa tragedia, los dos hombres más influyentes del país se fueron a los golpes en redes sociales.

Cuando uno ve esas cifras, lo primero que siente es tristeza. Treinta y cinco masacres en tres meses. Eso quiere decir que en Colombia murieron asesinadas personas en grupo, sin que mediara combate, casi cada tres días. No es un debate político: es una catástrofe humana que ocurre en territorios donde el Estado lleva años sin hacer presencia de verdad.

Pero en Colombia, hasta el dolor se vuelve campo de batalla. Álvaro Uribe agarró el informe de Indepaz —una organización que lleva la cuenta de la violencia desde hace décadas— y lo convirtió en un misil contra el gobierno Petro. Su mensaje en X fue corto y directo: en el primer trimestre de 2026, 35 masacres. En todo su año de salida del poder, 2010, apenas 10. El mensaje implícito: la “Paz Total” de Petro es un fracaso.

Petro respondió defendiendo otras cifras: la tasa general de homicidios, que según su gobierno ha bajado. La discusión se calentó, como suele pasar entre estos dos, y terminó siendo más un intercambio de golpes políticos que una reflexión seria sobre qué hacer.

¿Quién tiene razón con los números?

Aquí está el truco: los dos pueden tener parte de razón, y los dos la están usando de manera sesgada. Las masacres, que son hechos concretos y brutales donde matan a más de tres personas en el mismo lugar y momento, sí subieron. Eso no se puede tapar con nada. Pero la tasa general de homicidios —cuántos colombianos mueren por cada cien mil habitantes— es otro indicador que también cuenta.

Ninguno miente del todo. Ninguno dice la verdad completa. Eso es lo viejo de esta pelea: cada uno escoge el número que lo favorece y esconde el que le duele.

¿Qué hay detrás de esta pelea?

Colombia está en año preelectoral. Las presidenciales de 2026 ya están calentando motores, y la seguridad es el tema que más mueve votos en este país. Uribe sabe que si logra instalar la idea de que Petro dejó que la violencia se desbordara, el candidato de la derecha arranca con viento a favor. Petro sabe que si no responde con fuerza, su base lo ve como alguien que no defiende su legado.

El problema real es que mientras ellos dos se pelean en X, en el Catatumbo, el Cauca, el Magdalena y Antioquia hay comunidades que llevan meses viviendo con miedo, viendo cómo el Clan del Golfo, el ELN, las disidencias de las FARC y otras bandas se disputan el territorio palmo a palmo. Esa gente no necesita un tuit. Necesita que el Estado llegue de verdad.

La herencia que nadie quiere reconocer

Uribe dice que en sus mejores años había 10 masacres anuales. Y es cierto que la Seguridad Democrática golpeó duro a algunos grupos. Pero también es cierto que durante esa época hubo paramilitarismo, falsos positivos y una guerra que sembró odios que todavía no se han cosechado. El problema de hoy tiene raíces viejas que ningún gobierno ha logrado arrancar de cuajo.

Petro llegó con la idea de que dialogando se podía bajar la violencia. En algunos sitios funcionó, en otros el fuego se apagó en un lado y prendió en otro. Los grupos criminales no esperaron que el Estado pusiera las cartas sobre la mesa para reorganizarse.

Punto de vista

Lo que no puede seguir pasando en Colombia es que cada masacre se convierta en munición política antes de que se hayan enterrado a las víctimas. Uribe y Petro llevan años en esa danza: uno ataca, el otro responde, y el país sigue esperando soluciones reales.

La paz no se hace solo negociando, ni solo disparando. Se hace con presencia del Estado en los territorios abandonados, con justicia que llegue a tiempo, con opciones de vida para los jóvenes que hoy tienen que escoger entre el fusil y el hambre. Eso no cabe en un tuit, pero tampoco en un discurso de campaña.

Mientras los líderes sigan midiendo el dolor ajeno con la misma vara con que miden sus peleas políticas, Colombia seguirá poniendo flores sobre el mismo suelo de siempre.