
En un mundo que enfrenta crisis climáticas y desigualdades profundas, el gasto militar global ha alcanzado en 205 la asombrosa cifra de 2.718 billones de dólares. Según el SIPRI, este aumento del 9,4% no es solo una estadística económica; es un síntoma de una era donde las potencias y naciones emergentes parecen haber decidido que el blindaje de sus fronteras es mil veces más urgente que el combate a la pobreza o la garantía de derechos básicos como la salud y la educación.
I. El Hegemón y el Costo de la Supremacía
Estados Unidos continúa liderando esta carrera con un gasto de 997.000 millones de dólares, lo que representa el 36,7% del total mundial. Mientras este capital se diluye en modernizar arsenales nucleares y desarrollar algoritmos de inteligencia artificial para la guerra, el país enfrenta crisis domésticas de desigualdad y un acceso a la salud cada vez más prohibitivo. La infraestructura militar en más de 80 países proyecta un poder incuestionable, pero a un costo de oportunidad social que pocos gobiernos parecen dispuestos a cuestionar seriamente.
II. América Latina: Militarización en lugar de Desarrollo
La tendencia en América Latina es especialmente reveladora de este desequilibrio de prioridades. Países como Brasil, México y Colombia destinan en conjunto más de 52.700 millones de dólares a sus fuerzas armadas, bajo el argumento de la seguridad interna.
- Colombia: Destina un impactante 3,36% de su PIB a la defensa, el índice más alto de la región.
- Brasil y México: Priorizan el control territorial y el combate al crimen organizado mediante la fuerza.
Esta inversión masiva en seguridad reactiva contrasta dolorosamente con los índices de desarrollo de la región, sugiriendo que los estados prefieren gestionar el conflicto mediante la fuerza militar en lugar de atacar las raíces estructurales de la violencia: la pobreza y la falta de oportunidades.
III. El Caso de Israel: La Paradoja del Blindaje y la Precariedad
El ejemplo más extremo de esta economía de guerra se observa en Israel, cuyo gasto militar escaló un 65% en un solo año, absorbiendo el 8,8% de su PIB. Con 46.500 millones de dólares enfocados en operaciones en Gaza y sistemas de defensa avanzados, el estado prioriza la capacidad ofensiva y defensiva por encima de la estabilidad social de su propia población, donde un 20% vive bajo la línea de pobreza.
Este modelo, respaldado por miles de millones en ayuda externa de EE. UU., no solo perpetúa un ciclo de violencia regional, sino que ignora que la verdadera seguridad es difícilmente sostenible cuando se construye sobre la base de una ocupación prolongada y una inversión social desatendida.
En resumen, el panorama de 2026 muestra un mundo que prefiere la seguridad que otorgan las armas antes que la estabilidad que ofrece la justicia social.
